5 destinos para viajar en septiembre y alargar el verano en España
Agosto ha terminado, pero el verano no desaparece de un día para otro. En septiembre, el Mediterráneo sigue brindando atardeceres mágicos, el Atlántico sigue marcando el carácter de ciudades y costas y las montañas se convierten en escenario de rutas, excursiones y nuevos paisajes.
Este mes empieza lo que llamamos un segundo verano (el primero para muchos). Los destinos recuperan su vida cotidiana, pero el calendario sigue lleno de propuestas con conciertos, fiestas, exposiciones y actividades culturales. Es también un buen momento para sentarse a la mesa y disfrutar de la gastronomía local, recorrer mercados, conocer sus pueblos y seguir aprovechando el mar y los paisajes naturales. Septiembre no resta planes al verano, añade nuevas formas de disfrutarlo.
De Cádiz a La Gomera y de la Costa da Morte a la Costa Brava, estos cinco Paradores muestran dónde viajar en septiembre en España y reúnen cinco paisajes muy diferentes para seguir disfrutando del verano.
El verano que llega desde el Atlántico
Cádiz tiene una relación particular con el verano porque también la tiene con el mar. Durante siglos, el Atlántico fue su puerta de entrada al mundo y todavía hoy determina buena parte de la personalidad de la ciudad.

El Parador de Cádiz, junto a La Caleta, permite vivir esa relación desde uno de los lugares más singulares de la capital gaditana. Frente al edificio se extiende una de las playas más reconocibles de la ciudad, mientras que el casco histórico queda a pocos minutos.
En septiembre, el baño sigue formando parte de los planes del día, pero las temperaturas permiten dedicar más tiempo a descubrir la ciudad. La Catedral, el barrio del Pópulo, el mercado central o el paseo por el Campo del Sur muestran diferentes capítulos de una historia estrechamente ligada al océano.

La posición de Cádiz convirtió su bahía en un enclave fundamental para la navegación y el comercio con América. La ciudad fue también sede de la Casa de Contratación entre 1717 y 1790, cuando el tráfico comercial con los territorios americanos pasó a concentrarse en su puerto. Esa historia explica buena parte de su arquitectura y de su carácter abierto al Atlántico.
También llega a la mesa. Pescados, mariscos y el célebre pescaíto frito forman parte de una gastronomía en la que el producto del litoral ocupa un lugar protagonista. En Cádiz, el segundo verano tiene sabor atlántico.
El verano que cambia de paisaje
Hay islas donde la distancia entre costa y montaña se mide en pocos kilómetros, pero el paisaje cambia por completo y La Gomera es una de ellas.
Desde el litoral, la isla asciende por profundos barrancos hasta alcanzar el Parque Nacional de Garajonay, donde sobrevive uno de los mejores ejemplos de bosque de laurisilva. Este ecosistema, desaparecido de buena parte del continente europeo tras los cambios climáticos del pasado, encontró en Canarias unas condiciones favorables para permanecer. Garajonay forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1986.

El Parador de La Gomera se encuentra sobre una colina junto a San Sebastián, con vistas al Atlántico y a Tenerife. Su posición permite contemplar desde la propia habitación o los jardines el perfil de una isla marcada por los desniveles, los barrancos y una costa de origen volcánico.
Desde San Sebastián comienza el camino hacia el interior de La Gomera. Allí aparecen los senderos del Parque Nacional de Garajonay, entre árboles cubiertos de musgo, helechos y una vegetación adaptada a la humedad de las nieblas. El paisaje que se encuentra en el interior tiene poco que ver con el de las playas y acantilados de la costa.

De vuelta junto al mar, la gastronomía recupera los sabores de la isla: almogrote, gofio y miel de palma son algunos de los productos que forman parte de su identidad culinaria.
Piedra, paisaje y patrimonio
Septiembre también abre una oportunidad para mirar hacia el interior. Cuando la temperatura pierde intensidad, las ciudades históricas recuperan protagonismo y permiten descubrir su patrimonio con mayor facilidad.

Cuenca está construida sobre un paisaje poco habitual, las hoces de los ríos Júcar y Huécar delimitan la ciudad histórica y crean los profundos desniveles sobre los que se asienta buena parte de su arquitectura.
Las Casas Colgadas, la Catedral, las iglesias y los antiguos conventos forman parte de un conjunto declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1996. La distinción reconoce precisamente la relación entre la ciudad medieval y el paisaje en el que se construyó.
En uno de los mejores puntos para contemplar esa unión se encuentra el Parador de Cuenca, instalado en el antiguo Convento de San Pablo, un edificio del siglo XVI situado frente a las Casas Colgadas y conectado con el casco histórico mediante el puente de San Pablo.

Desde allí, la visita puede continuar por las calles de la ciudad hasta sus principales monumentos, pero también hacia las hoces, donde la perspectiva cambia y Cuenca aparece integrada en el paisaje que la rodea.
La gastronomía completa el recorrido con recetas como el morteruelo, el ajoarriero, el gazpacho pastor o el alajú, elaboraciones vinculadas a la tradición culinaria de la Serranía.
Cuando el océano es el paisaje
En el extremo occidental de Galicia, el océano no es simplemente un elemento del paisaje. Ha determinado la historia, la economía y hasta el nombre de un territorio.
La Costa da Morte reúne cabos, acantilados, playas abiertas y faros levantados para señalizar uno de los tramos más complejos de la navegación atlántica.

El Parador Costa da Morte se encuentra en Lourido, en el municipio de Muxía, sobre una colina junto a la playa del mismo nombre. Desde su posición elevada, el Atlántico ocupa buena parte del horizonte y el paisaje costero se convierte en parte de la propia estancia.
Desde aquí, la carretera conduce hacia algunos de los lugares más representativos de la Costa da Morte. El Cabo Vilán, con su faro sobre un promontorio rocoso, y Fisterra, el antiguo Finis Terrae, son dos de los grandes hitos del litoral. También merece la pena acercarse al Santuario de la Virgen da Barca, en Muxía, muy próximo al Parador.

Septiembre permite recorrer este paisaje costero y descubrir también otros de sus protagonistas como son los pequeños puertos, las playas, los faros y las localidades marineras que mantienen una estrecha relación con el Atlántico.
Desde el propio Parador, el mar vuelve a ocupar todo el horizonte.
El Mediterráneo que guarda el verano
En la Costa Brava, septiembre conserva una de las grandes ventajas de viajar después de agosto, el Mediterráneo mantiene su buena temperatura mientras el litoral comienza a recuperar espacio.
Las calas de aguas transparentes, los pinares y los caminos de ronda forman un paisaje que puede recorrerse siguiendo la línea de costa. El mar permanece como protagonista, pero el territorio invita también a descubrir qué hay detrás de las playas.

El Parador de Aiguablava ocupa una posición privilegiada sobre un acantilado, rodeado de vegetación mediterránea y con vistas abiertas al mar.
Desde aquí, los caminos de ronda permiten acercarse a algunas de las calas más características de este tramo de la Costa Brava. En el interior aparece Begur, con los restos de su castillo y las casas de indianos que recuerdan la prosperidad que alcanzó la localidad gracias a quienes emigraron a América y regresaron posteriormente.

El paisaje continúa hacia el Empordà, donde la relación entre mar y territorio también se refleja en la gastronomía. Los pescados y mariscos del litoral conviven con productos agrícolas y elaboraciones tradicionales de una comarca situada entre el Mediterráneo y el interior de Girona.
Aiguablava demuestra que prolongar el verano no significa quedarse únicamente junto al agua.
Cinco destinos, cinco formas de viajar en septiembre. Porque el verano no termina necesariamente cuando acaba agosto.