Hay un momento que se repite en casi cualquier visita a Monforte de Lemos, porque, quien llega a la ciudad suele comenzar paseando junto al río Cabe, entreteniéndose en cruzar el Puente Viejo o recorriendo sin rumbo las calles del casco histórico. Pero, tarde o temprano, tu mirada se va a dirigir hacia lo alto. Allí, sobre el monte de San Vicente, el perfil de la Torre del Homenaje y del antiguo monasterio que dominan la ciudad desde hace siglos, harán muy difícil resistirse a subir.
Hubo un tiempo en el que viajar consistía en tachar monumentos de una lista. En enlazar vuelos, madrugar para evitar colas y volver a casa con la tarjeta de memoria llena, pero con la sensación de no haber estado realmente en ningún sitio. Hoy, frente a ese turismo acelerado, gana terreno otra forma de recorrer el mundo. Una que propone cambiar la velocidad por la presencia, el itinerario frenético por el tiempo de calidad y la acumulación de experiencias por aquellas que dejan huella. Eso es el turismo slow, una filosofía que nos permite viajar mejor.
Hubo un tiempo en el que, entre los muros del Palacio Real de Olite, rugían leones, paseaban camellos y una jirafa despertaba el asombro de embajadores llegados de toda Europa. Mientras otras cortes competían por levantar fortalezas inexpugnables, el rey Carlos III el Noble convirtió su residencia navarra en un lugar extraordinario, donde jardines, fiestas, animales exóticos y arquitectura componían un escenario pensado para sorprender.
Hay una forma de viajar que solo se descubre con el paso del tiempo, esa en la que las prisas no marcan el ritmo del viaje, de cada paseo, conversación o comida. Ya no se trata de recorrer el mayor número de monumentos en un día, sino de detenerse en una plaza, contemplar un paisaje, descubrir la historia de un edificio o alargar la sobremesa sin mirar el reloj.
La finalista del último Premio Planeta, Ángela Banzas, ha gestado una novela que es un alivio ante tanta noticia desabrida. Cuando el viento hable, ambientada en el edificio que hoy ocupa el Parador de los Reyes Católicos –antiguo hospital hasta 1954–, explora el poder de la imaginación frente al horror y el amor como última esperanza. La conclusión reconfortante que propone no es otra: una gran historia siempre puede salvarnos la vida.
Ser finalista del Planeta es un impulso enorme para cualquier autor. ¿Lo percibe como un espaldarazo a su carrera?
Entre las provincias de Lugo y Ourense, los ríos Miño y Sil han modelado durante siglos un territorio de laderas abruptas, bosques atlánticos y viñedos que parecen desafiar la gravedad.
En este rincón del interior de Galicia, el Camino Natural de la Ribeira Sacra permite recorrer senderos que durante generaciones utilizaron monjes, agricultores y habitantes de las pequeñas aldeas que salpican los valles. Hoy esos caminos ofrecen una forma privilegiada de conocer uno de los paisajes culturales más singulares de España.
Más que un conjunto de pueblos de fachadas encaladas, los pueblos blancos son uno de los paisajes culturales más singulares de España. Su historia, su arquitectura y su relación con el territorio convierten cada visita en un viaje por la esencia de Andalucía.
Si hay una bebida que representa el verano en España, esa es, sin duda, la sangría. Refrescante, afrutada y muy fácil de preparar, se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la gastronomía española dentro y fuera de nuestras fronteras.
La naturaleza tiene una ventaja frente a cualquier parque temático, y es que nunca propone dos aventuras iguales. Un bosque invita a seguir huellas de animales, una marisma se convierte en un observatorio de aves, una montaña es el escenario perfecto para descubrir cascadas, ríos o árboles centenarios. Para los niños, cada excursión es un juego. Para los adultos, una oportunidad de redescubrir el paisaje desde otro punto de vista.
En estos viajes no importa tanto el destino como la forma en la que consigue conquistarte. Hay lugares que lo hacen con una luz irrepetible, otros con paisajes que parecen desafiar la imaginación, con sabores que solo tienen sentido frente al mar o con esa capacidad de hacer que el tiempo deje de importar.