Como escritora de éxito, no ha perdido los reflejos adquiridos en el ejercicio del periodismo. Así se explica su mirada al mundo, que cristaliza en historias como El niño que perdió la guerra, su última novela. Julia Navarro ha trazado una obra emocionante sobre la identidad y el poder arrollador de la cultura. Incluso en los momentos más oscuros de la historia, la esperanza se abre paso.
Hace poco más de veinte años de su primera novela, La hermandad de la Sábana Santa. ¿El tiempo pasa igual de rápido para los escritores de éxito que para el resto de los mortales?
Pasa exactamente igual, aunque, de vez en cuando, echas la vista atrás y te das cuenta de todo lo vivido. El paso del tiempo es algo que, además, según vas cumpliendo años, hace que todo se pase más rápido.
Se entregó a la novela después de una sólida carrera periodística. ¿Qué le ha dado este oficio como escritora de novelas?
No me puedo explicar a mí misma sin haber ejercido el periodismo. Me ha dado las herramientas para escribir mis novelas. Un periodista vive muchas vidas. A mí, este oficio me ha permitido estar en lugares donde, de otra manera, no habría estado. Me ha permitido estar detrás del escenario y ver lo que sucede más allá de lo que ve un viajero. He presenciado conflictos bélicos, crisis políticas y elecciones presidenciales en diversas partes del mundo. He conocido a personas muy distintas y escuchado sus historias. Son experiencias que se acumulan en la memoria y que, a la hora de escribir, resultan fundamentales.
Su última novela, El niño que perdió la guerra, duele de lo actual que es, a pesar de comenzar a finales de la Guerra Civil.
Los regímenes autoritarios están hoy en plena vigencia. Si vemos cuántas democracias hay en el mundo, podemos asustarnos, porque, desgraciadamente, no son tantas. Regímenes totalitarios, en cambio, los hay por todas partes.
Viendo el ascenso de estos regímenes, parece que la historia se repite. ¿Lo hará como tragedia o como farsa?
Afortunadamente, la historia no se repite exactamente igual, porque las circunstancias y sus actores son diferentes. Cuando vemos gobiernos autoritarios, ya no vemos a tipos con correajes, sino que se manifiestan de otra manera. Eso es lo peligroso: que no seamos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de dirigentes y opciones políticas que, en el fondo, son un engendro autoritario. Las autocracias las tenemos muy cerca. En estos momentos, hay países donde se vota, pero las elecciones son una farsa. No basta con ir a votar para que un régimen sea democrático, sino que son necesarios otros elementos.
¿Somos más indulgentes con los autócratas que se nos parecen?
Lo que sucede es que las autocracias se camuflan de democracias. Eso sí, la democracia es un sistema complejo que requiere mucho más que elecciones: necesita la separación de poderes y el respeto a las libertades fundamentales.
En todo conflicto hay una gran distancia entre quienes lo dirigen y quienes lo padecen, sobre todo los niños.
Los niños siempre pierden las guerras de sus padres. No eligen los conflictos y son las primeras víctimas. Si sus padres están en el bando perdedor, ellos también sufren las consecuencias. Lo que hoy en día más me escandaliza es que, aunque en el planeta hay muchas guerras, da la sensación de que solo existen dos. Tenemos una mirada muy selectiva sobre los conflictos bélicos, una mirada que solo alcanza hasta donde llegan los intereses europeos u occidentales. Hay muchos más conflictos en los que los niños también mueren y el terror es el pan de cada día, pero no aparecen en los informativos. Me escandaliza que haya conflictos bélicos de primera y de segunda. A nadie parece importarle que haya gente obligada a vivir en campos de refugiados.
¿Cómo podríamos vacunarnos ante estas tragedias?
Ojalá existiera una vacuna, pero la historia de la humanidad es una historia de violencia permanente. Deberíamos aprender del pasado, pero, después de tantos siglos de civilización, no lo hemos hecho. Desgraciadamente, no basta con conocer la historia para no repetirla. A las pruebas me remito.
¿Por qué nos cuesta empatizar con quienes tienen que escapar de la miseria o de la guerra?
Esa mirada xenófoba que inunda Europa pretende evitar que vengan de fuera. Nadie deja su casa y a su familia si no es por una causa mayor. La gente emigra huyendo de la violencia y del hambre. Es preocupante el auge de partidos que crecen en contra del drama de otros seres humanos que buscan una vida mejor. No hay muros que puedan impedir su llegada, porque la historia de la humanidad es una historia de migraciones. Lo único que ha cambiado es que ahora las vivimos en directo, porque nos las enseñan por televisión. Quienes creen que sus antepasados siempre vivieron en el mismo lugar son rematadamente idiotas.
Decía usted que el periodismo le ha permitido escuchar historias…
He podido escuchar las historias de personas que me he encontrado en el camino, y ha sido muy enriquecedor para mí. Por eso digo que un periodista vive muchas vidas. No vas como turista a un lugar, sino a palpar una realidad.
¿Qué le pide usted a un viaje? No me la imagino en un resort caribeño de esos de pulserita…
¡No me imagine allí! (ríe). Fui con mi marido a uno de esos. Teníamos que estar diez días y, al cuarto, nos marchamos. Nos miramos y nos dijimos: «¿Qué hacemos aquí?». Para mí, viajar forma parte de los leitmotiv de mi vida. Me gusta viajar mirando lo que hay alrededor. Una de las cosas que más me irritan es que ahora la gente viaja solo para decir: "He estado ahí". En la Plaza de San Marcos, en Venecia, ves a personas haciéndose selfies, pero no mirando la basílica. Esto ocurre en cualquier lugar del mundo, y me irrita profundamente. Para mí, eso no es viajar. Viajar es pasarse horas en una plaza, escuchar lo que te cuentan, tener interés por perderse en una ciudad. Viajar es descubrir.
Entonces seguro que apreciará a Paradores…
¡Me encanta ir a los paradores! Cuando viajo por España, mi primera opción es hospedarme en uno. Cuando voy a Santiago, por ejemplo, siempre paso por el Parador. Es uno de mis favoritos, pero también me gusta el de Chinchón o el de Zamora. Disfruto mucho más de aquellos que han sido levantados sobre un lugar con historia.