El Parador favorito de Eugenio Recuenco
25 de Mayo 2026
Texto
Luis Tejedor
Fotos
Darwin & Verne

Es uno de los fotógrafos españoles con mayor proyección internacional y firma la última campaña publicitaria de Paradores, un proyecto en el que traslada su universo visual –a medio camino entre la escenografía, la pintura y la fotografía– al imaginario de la Red. Su obra, minuciosamente elaborada pero abierta a la sorpresa, dialoga con la tradición artística y reivindica la emoción en un tiempo dominado por la inmediatez.

Empezó en Bellas Artes antes de dedicarse a la fotografía. ¿Mira todavía el mundo como un pintor?

Ya no, pero me costó. Entré en Bellas Artes pensando que iba a ser pintor. Terminé en el 92, una época en la que la fotografía tenía poco valor artístico. Ahora me acerco a la pintura para disfrutar, pero no sigo viendo el mundo a través de ella, sino que, afortunadamente, la fotografía ha tenido un renacer artístico suficiente como para cambiar esa visión mía.

¿De dónde nace esa necesidad de contar historias dentro de una sola imagen?

Empecé haciendo fotografía de reportaje y luego entré en la moda. Hay un momento en el que, si bien la parte estética fue interesante porque experimentas para definir estilos y explorar lo que da el soporte fotográfico, eso se agota como recurso. Es ahí donde aparece la necesidad de traspasar lo estético para que tu trabajo tenga un sentido. Necesitas agarrarte a algo que no sea la estética para decidir si una fotografía de las que hago está bien o mal.

Hay espectadores de sus fotografías que relacionan su estética con lo onírico. Como todo autor, lo lógico es que discrepe de sus seguidores.

Mis fotografías hablan de lo que pasa alrededor. Lo que ocurre es que, a lo mejor, elimino la parte más literal para que sean más universales. Eso te permite transmitir los mensajes de una manera paralela a la realidad, pero teniéndola en cuenta. En ningún momento se hace referencia al sueño, sino a lo real, aunque tocado por esa herencia estética. Cuando se usa esta estética, puede percibirse como algo onírico, eso sí. La realidad está muy falta de poesía.

Ha trabajado en moda, publicidad, proyectos personales… ¿Dónde es más libre ese espíritu artístico suyo?

Intento ser libre en todo. No persigo tanto la libertad creativa, porque a veces no sé qué hacer con ella. Necesito unas indicaciones para crear. Me gustan los retos: comprobar si soy capaz de sacar algo a partir de un punto. Eso me lleva a aprender. De hecho, me mueve más el aprendizaje que la libertad. Al final, aunque el trabajo sea un encargo comercial, siempre encuentro algo provechoso para mí. Incluso en los trabajos meramente personales no puedes ser totalmente libre: estás supeditado a tus posibilidades, a tus deseos, a tu educación… Hay muchas cosas que nos limitan, aunque creamos que somos dueños de nuestras decisiones.

Sus fotografías están muy construidas, casi coreografiadas. ¿Cuánto hay de intuición y cuánto de control en este proceso?

En mi fotografía, hay mucha intuición en el momento del disparo, pero hay mucho trabajo previo. Me informo mucho e investigo. Cuando llego al shooting, incluso olvido repasar la documentación que he preparado, pero todo lo estudiado me da la posibilidad de inventar e improvisar sobre una base sólida. Cuando vas a hacer la foto, lo aprendido sirve para marcarte una línea y tomar decisiones. En ese momento se necesita libertad para que haya magia.

En un momento en el que la imagen es inmediata y masiva, ¿esa idea de la fotografía es una forma de resistencia?

Es una forma de pensar que tengo una base que me da la tranquilidad de estar en el buen camino. Es lo que me ha movido hasta ahora y a lo que me agarro. Los contratos los firmo conmigo mismo, y las justificaciones y los fracasos también. No necesito que vengan de fuera. Ese trabajo previo hace que sepas que has hecho las cosas lo mejor posible. Es una forma de sentirse a gusto con lo que haces.

¿Cómo se lleva un artista como usted con la «instagramización» del mundo?

Bien. Me permite inspirarme. Una cosa es que se abran horizontes y otra que ese horizonte sea el único. El mundo es muy grande y esto te permite ver qué se hace por ahí; lo que está mal es que no permite profundizar demasiado en las imágenes. La mecánica en la que estamos metidos, de consumir y consumir, no te deja enfrentarte a segundas lecturas de las fotografías. La vida actual no facilita esto. Se acumulan imágenes que, al final, no se saborean. Intento, por mi parte, que las fotografías que hago sean diferentes cada vez que las veas.

Sus imágenes invitan a detenerse. ¿Hemos perdido esa forma de mirar, también cuando viajamos?

Hemos perdido la capacidad de sorprendernos. Queremos informarnos demasiado y, cuando llegamos a los sitios, solo queremos constatar que lo que hemos visto en internet está ahí. La gente se defrauda porque visita las cosas antes de llegar a ellas. La información mata el conocimiento y el conocimiento mata la sabiduría. Tanta información nos quita la ilusión por las cosas.

Paradores ha dado el paso de la ilustración a la fotografía en sus campañas promocionales, pero manteniendo ese universo casi mágico. ¿Cómo ha abordado usted ese reto desde su propio lenguaje?

Hay una parte de mi trabajo que tiene mucho que ver con la ilustración, al venir de Bellas Artes. También utilizo como inspiración muchas ilustraciones de cuentos infantiles, porque plantean universos fantásticos. Ha sido bastante fácil en ese sentido. Para acercarnos lo máximo posible a un trabajo manual, hemos hecho que los elementos más sorprendentes –como las flores que se introducen en las imágenes– se fabriquen de forma artesanal en lugar de recurrir a la inteligencia artificial. Hemos creado, por ejemplo, plantas de cartón para que se perciba un aire teatral. Cuando todos los elementos están hechos a mano, el resultado se aproxima a la ilustración.

La campaña no muestra tanto lo que es Paradores como lo que uno puede sentir dentro de ese universo. ¿Cómo se fotografía algo tan intangible como una emoción?

Llevo tiempo intentando fotografiar emociones. Esa parte manual que mencionaba facilita transmitirlas. A partir de la sorpresa, abres un espacio al espectador para volverle más humano. Desde ahí es más fácil hablar de emociones. Las imágenes van acompañadas de una leyenda, lo que predispone al espectador a sentir. La emoción no está en la historia que cuentas, sino en cómo la cuentas.

A propósito de sentir, ¿cuál es su Parador favorito?

Conozco muchísimos, pero casi todos los que he visitado están en la Castilla interior. Por cercanía, le diría el de Chinchón, que es al que más he ido. Cuando hay una ciudad con un Parador, siempre me ha gustado –me aloje allí o no– acercarme y sentirme partícipe de la suerte de rescatar estos edificios. Aunque sea por un rato, percibes que hay una historia detrás.