La larga espera de los lectores ha tenido su recompensa. El Camino del Padre es el último libro de la trilogía de La saga de los longevos, un fenómeno de culto que trasciende la literatura fantástica. Eva García Saénz de Urturi explora cuestiones universales como la longevidad, la memoria y la identidad. Una vez más, la autora alavesa reafirma su talento para construir historias que dialogan con los grandes dilemas del ser humano.
Aunque a lo largo de estos años ha cosechado destacados éxitos literarios, La saga de los longevos siempre ha estado ahí. ¿Cómo decide retomar la trilogía?
El motivo de publicar el cierre de la trilogía longeva fue la insistencia de miles de lectores durante doce años. En ningún momento cesó, y con el tiempo iba a más, hasta el punto en que en internet las primeras ediciones en papel de La saga de los longevos y Los hijos de Adán se habían convertido en un fenómeno de culto que se vendía a precios que ya rondaban los setecientos euros.
Visto lo que se ha pagado en internet por los libros de esta saga, más que lectores usted tiene fans. ¿Hay mejor elogio para una escritora?
El mejor elogio es que te hagan partícipe de que alguna de tus novelas les ha marcado la vida, que se ha imbricado en un momento de inflexión en su biografía.

La saga de los longevos es, sin duda, un fenómeno de culto. ¿Esto le pesó en el ánimo a la hora de esperar la respuesta de los lectores de El camino del padre?
La presión siempre existe cuando eres una escritora con cuatro millones de lectores y Premio Planeta. En mi caso, siempre lo comparo con los atletas de élite, en cuanto a que tienen que estar siempre enfocados, llevar una vida muy centrada y de exigencia máxima, y todo lo que viene de fuera exige resultados y excelencia. Dicho esto, en la soledad del despacho, frente al capítulo que voy a escribir cada día, me centro en el universo que estoy creando y en ese microcosmos sólo existimos mis personajes y yo.
Si bien en 2014 ya había definido las líneas maestras de estas obras, ¿tuvo dudas sobre su planteamiento? ¿Estuvo tentada de hacer cambios a la hora de rematar la historia?
El escaletado de escenas y la planificación son las pautas sobre las que voy a desarrollar los capítulos, pero esa estructura me permite creatividad y juego. Cuando reescribí la primera y segunda parte en 2024 fue por coherencia con la escritora que soy ahora, con diez novelas en mi haber, y escribí la tercera parte entre 2024 y 2025 con los recursos narrativos de los que hoy dispongo, después de dieciséis años de oficio.
Su trilogía ha regalado personajes como Iago del Castillo y Adriana, pero Nagorno sobrecoge. ¿Cómo construyó estos caracteres?
Construir a Nagorno me llevó seis meses en su momento. No quería redimirlo ni justificarlo, pero no era una persona vacía per se; al contrario, había mucho rugido contenido ahí dentro. Iago del Castillo fue la proyección de alguien con altas capacidades y, además, con todo el tiempo del mundo para desarrollarlas. En cuanto a Adriana, su viaje parte de una pérdida que no comprende y termina con otra pérdida que la encuentra cuando ya es conocedora de demasiados hechos del pasado.
No quiso perdonar a Nagorno. ¿Cree en la posibilidad de redención o hay casos en los que hay que tirar la toalla?
Creo que el perdón está sobrevalorado porque venimos de una cultura en la que la religión cristiana lo ha exigido, dejando a las víctimas con la responsabilidad de reparación, incluso cuando no hay remordimientos ni culpa, y perdonar supone volver a colocar a la víctima en el mismo lugar para que el maltrato o agresión continúen indefinidamente. No es necesario perdonar ni soltar para seguir adelante: el recuerdo del mal que otros hicieron es una defensa lógica del cerebro, que sólo busca que sobrevivamos.

La idea de la longevidad es la base de esta trilogía que triunfa en una época en la que la juventud es una virtud en sí misma. ¿Nos estamos obsesionando mucho con borrar el paso del tiempo?
El gran pecado social es envejecer, sobre todo en las personas de perfil público, y mucho más en las mujeres, a quienes no se les perdona, tanto si hacen algo al respecto como si no. El edadismo es la forma de discriminación más necia, porque quien desprecia o critica a alguien por haber cumplido años vive en una realidad ficticia en la que piensa que no va a envejecer, o que faltan muchos años para que le suceda, o que se va a cuidar mejor o tendrá mejores genes y no se le notará; hay una falsa percepción de eterna juventud: luego llega el calendario y la realidad y pasan al otro lado del bullying.
¿Cómo afronta usted el paso del tiempo? ¿Cómo preparar la mente para un envejecimiento sereno?
A mí me encanta la vida y amo estar viva; me conozco ya muy bien y le doy a mi cuerpo y a mi mente todo el autocuidado que necesita: es la única manera.
¿Hay manera humana de hacer entender a la gente la necesidad de conocer la historia para explicar el presente?
Vivimos en la era de la inmediatez y de la falta de criterio propio, de la indiferencia hacia el pasado, incluso el que apenas ha sucedido hace unas décadas. Hay una especie de huida hacia adelante, como si no viviéramos en la época de la Historia en la que más acceso al conocimiento hemos tenido, gratuito y en la palma de nuestra mano.
Seguramente, una amante del pasado como usted disfrutaría en los Paradores de Turismo. ¿Alguno favorito?
El de Benavente, en Zamora: la calma y la paz sobre el Duero son impagables, y la comida de proximidad es un regalo.