Alcañiz, la ciudad más mediterránea de Aragón, se extiende en el corazón del Bajo Aragón, regada por el río Guadalope y marcada desde siempre por su carácter estratégico. A lo largo de los siglos fue enclave principal, lugar de encuentros decisivos y escenario de episodios que marcaron el devenir del Reino de Aragón.
Durante la Edad Media, Alcañiz acogió Cortes fundamentales, como las que desembocaron en la histórica Concordia de Alcañiz de 1412, paso previo al Compromiso de Caspe y a la elección de Fernando I como rey. Más tarde, el Renacimiento trajo consigo una edad dorada que aún se percibe en su plaza mayor, en el Ayuntamiento y en la lonja, mientras que su patrimonio religioso, civil y militar sigue narrando un pasado intenso y plural.
Pero si hay una silueta que define el perfil de la ciudad es la del Castillo Calatravo, alzado sobre el cerro de Pui Pinos y hoy Parador. Desde allí, dominando el territorio, se comprende por qué Alcañiz fue durante siglos una plaza codiciada.
Alfonso I el Batallador, el rey conquistador
En este paisaje de frontera cobra protagonismo Alfonso I el Batallador, uno de los monarcas más relevantes de la historia aragonesa. Rey guerrero por excelencia, consolidó y expandió el Reino de Aragón a base de campañas militares que lo llevaron a conquistar Zaragoza en 1118 y a protagonizar audaces incursiones hasta el corazón de Al-Ándalus.

Las crónicas cuentan que su espíritu indomable lo llevó incluso a tocar las aguas del Mediterráneo en las playas de Motril tras atravesar tierras de Teruel y Levante. Alfonso I entendió el territorio como un tablero estratégico, apoyándose en castillos, fortalezas y en las Órdenes Militares para asegurar las nuevas fronteras. En ese contexto, enclaves como Alcañiz y su fortaleza adquirieron una importancia decisiva.
Su legado militar y territorial quedó profundamente ligado a estos espacios de piedra que hoy, siglos después, siguen evocando conquistas, órdenes militares y una época en la que el destino del reino se decidía espada en mano.
El Parador de Alcañiz, un castillo con muchas vidas

El actual Parador de Alcañiz ocupa uno de los conjuntos monumentales más complejos y fascinantes de Aragón. Mitad castillo, mitad convento, el recinto combina diferentes estilos arquitectónicos fruto de su intenso pasado.

En la parte norte se conservan los restos medievales del castillo calatravo, la torre del homenaje, la iglesia y el claustro, decorados con extraordinarias pinturas murales góticas del siglo XIV, una de las grandes joyas artísticas del edificio. En el sur se alza el Palacio de los Comendadores, reformado en el siglo XVIII y habilitado como Parador en 1968, con su imponente fachada de piedra, torres esquineras y la característica galería de arquillos aragonesa.
Habitación 218, Alfonso I el Batallador
Entre sus estancias más singulares se encuentra la habitación 218, dedicada a Alfonso I el Batallador. No es una habitación cualquiera, su nombre conecta directamente al huésped con el espíritu conquistador del rey y con el pasado militar del edificio que la alberga.
Dormir aquí es hacerlo en un castillo que fue clave durante la expansión aragonesa, un enclave estratégico utilizado por las Órdenes Militares, como la de Calatrava, que continuaron la labor defensiva iniciada en tiempos del Batallador. Las piedras del Parador, testigos de siglos de historia, parecen susurrar relatos de campañas, alianzas y conquistas.

La habitación combina confort contemporáneo con la atmósfera histórica del lugar, permitiendo al viajero sentirse parte de una leyenda viva. Desde este refugio privilegiado, el pasado deja de ser un relato lejano para convertirse en una experiencia tangible.