El Parador favorito de Ángela Banzas
28 de Julio 2026

La finalista del último Premio Planeta, Ángela Banzas, ha gestado una novela que es un alivio ante tanta noticia desabrida. Cuando el viento hable, ambientada en el edificio que hoy ocupa el Parador de los Reyes Católicos –antiguo hospital hasta 1954–, explora el poder de la imaginación frente al horror y el amor como última esperanza. La conclusión reconfortante que propone no es otra: una gran historia siempre puede salvarnos la vida.

Ser finalista del Planeta es un impulso enorme para cualquier autor. ¿Lo percibe como un espaldarazo a su carrera?

Querría pensar que sí. Es una plataforma increíble para impulsarme y alcanzar a más lectores que se acerquen a esta obra y, si les gusta, que continúen adentrándose en otras de mis historias.

Cuando el viento hable está ambientada en la Galicia de posguerra. A usted, como gallega, ¿qué le aporta su tierra natal a la hora de construir historias?

Ambiento siempre mis historias en Galicia porque mis emociones están íntimamente ligadas a mi tierra. Trabajo las historias con un desarrollo psicológico y emocional profundo. Solo lo entiendo arraigado a Galicia. Por otro lado, aporta muchísimo en la ambientación. Así puedo proporcionar al lector una inmersión sensorial a través de mi tierra.

Su novela nace de una experiencia propia en la infancia: el paso por un hospital. ¿Cómo recuerda aquel aprendizaje tan duro?

Era algo que necesitaba transitar de alguna forma. Recuerdo con mucha dureza el descubrir que los niños se pueden morir. En mi caso, fue un susto, pero había otras niñas y adolescentes que no tuvieron mi suerte, por un diagnóstico fatal o por estar ingresadas durante toda su vida. Aun así, seguían siendo niños y niñas. Era una verdad de esas terribles con las que tenemos que lidiar.

¿Cómo se transforma esa vivencia en literatura y no en un trauma?

Mi objetivo era ese: tener un mensaje de esperanza. Los hospitales son uno de los lugares donde más esperanza he encontrado. Unos llegan, otros se van, pero todos esperan con las miradas ancladas en las ventanas como una promesa de futuro. La esperanza, entendida como una llama en una noche muy larga, es una palabra muy bonita. Era el mensaje que quería dar: después de la oscuridad, se mantiene esa llama.

Usted es de las que cree firmemente que, al final, siempre escampa…

Me considero una persona con esperanza. No quiere decir que sea optimista. Considero que todo tiene un sentido. Miro por la ventana y, si llueve, disfruto de esa lluvia. En todo hay un orden, entendido como motor y como impulso.

Ha contado que, precisamente, quería escribir un libro muy luminoso en un contexto tan áspero como el de la posguerra. ¿Cómo ha equilibrado la oscuridad y el optimismo?

La esperanza nace de la desesperación; no se entiende de otra forma. No puede nacer en la luz. Quería trabajar ese contexto porque quería mostrar la mirada de la memoria individual y la colectiva, la de la propia época histórica.

Alterna la voz de su protagonista, Sofía, en primera persona con otras partes narradas en tercera persona.

Sofía nos ofrece esa mirada más emocional y nos permite conectar con su inocencia. Al mismo tiempo, es muy lúcida en sus observaciones. La parte narrada en tercera persona, las partes de Daniel, ofrece una mirada más amplia para explicar las distintas tramas de la historia.

El amor en su novela tiene un papel muy poderoso. ¿Por qué quiso que estuviera tan presente y vinculado a la esperanza?

La esperanza es lo que busca el sentido de la vida. Le da esa fe ciega en que la vida tiene sentido. Yo encuentro esa respuesta en el amor: es lo que nos hace sentir vivos en el sentido humano. Es ese motor que nos eleva.

¿Necesitamos más que antes buenas historias de amor?

Siempre hemos necesitado buenas historias de amor. Cada momento de la historia adolece de cierto amor y, aun así, sigue apostando por esta emoción. Es cierto que el mal de nuestro tiempo es el aislamiento derivado del exceso de trabajo o la búsqueda de la prosperidad social. Las tecnologías tampoco ayudan: nos acercan, pero, en el sentido profundo, nos separan.

¿Aún estamos marcados por el esfuerzo de esas generaciones posteriores a la Guerra Civil?

Lamentablemente, nuestra memoria se va diluyendo en los más jóvenes. Cuando se conoce la historia, damos la oportunidad de no repetir determinados errores. Está muy bien poner el foco en curar las heridas y hacerlas cicatrizar. Para eso hay que saber dónde están, dónde empiezan y terminan.

En tiempos tan crispados como los actuales, ¿la literatura puede ser un refugio para los lectores?

De hecho, creo que lo es. Concibo la literatura como evasión y abrigo. Permite vivir mil vidas que, de otra manera, no se podrían vivir. Siempre habrá una frase a la que acogerse y un lugar al que viajar con nuestra cabeza. Confío en el poder de la literatura, tanto en sus niveles más profundos como en una sencilla evasión.

A propósito de buenos refugios, ¿tiene algún Parador favorito? Siendo usted tan gallega como es, apostaría a que elige uno de Galicia…

Teniendo en cuenta que esta novela está ambientada en lo que hoy es el Parador de Santiago, le diría que este sería mi favorito. Era el Hospital Real, que construyeron los Reyes Católicos para acoger a los peregrinos. ¡Animo a todo el mundo a conocerlo!