Molina de Aragón: el nuevo baluarte de Paradores
08 de Septiembre 2025
Texto
Isabel Robles

Situada en el noreste de la provincia de Guadalajara, en pleno Señorío de Molina, esta histórica villa conserva el encanto medieval de sus calles empedradas, sus imponentes murallas y el majestuoso Castillo de Molina de Aragón, uno de los más grandes de España. Un lugar donde el tiempo parece haberse detenido y el entorno perfecto para albergar el nuevo establecimiento de la red de Paradores.

Amanece sobre el territorio del antiguo reino de Castilla. La tierra, agradecida por las últimas lluvias, reverdece y tiñe las suaves colinas de la vega del río Gallo. A lo lejos, dominando el horizonte, se alza el testigo pétreo de tiempos pretéritos: es el castillo de Molina de Aragón, una población que, pese a su nombre, se encuentra a treinta kilómetros del límite con Zaragoza y Teruel.

Fue en otros tiempos, en los que las fronteras variaban como las estaciones y el Califato de Córdoba agonizaba en sus últimos días, cuando se menciona por primera vez esta villa, capital de la pequeña taifa de Molina. Y se hace en una de las gestas castellanas por excelencia: El Cantar de Mío Cid.

Sin embargo, la reconquista avanzó y, apenas medio siglo más tarde de que el Campeador se refugiara allí, la plaza cayó en las manos cristianas de Alfonso I el Batallador. Pero pronto se convirtió en un señorío independiente, con fuero propio, bajo la titularidad de Manrique Pérez de Lara. Enclavado entre Castilla y Aragón, Enrique II quiso otorgárselo como dádiva a su condestable, de origen francés, pero los habitantes se rebelaron y Molina, la que antes fuera «de los Caballeros», se ofreció al rey aragonés, que la aceptó en sus dominios, hecho que aún se refleja en su nombre.

Ese carácter fronterizo y central en su territorio propició el desarrollo de la villa, lo que aún hoy se puede apreciar en sus calles estrechas y sus casonas señoriales, como el palacio del virrey de Manila, el de los marqueses de Villel o el de los Molina. Vigilándola y protegiéndola, el castillo, la fortaleza más extensa de Guadalajara. Su parte interior, donde se encontraban las dependencias del señor de Molina, conserva cuatro de las ocho torres que llegó a tener, todas comunicadas por un adarve almenado. El recinto exterior, al que se accede por la puerta del reloj, en su día albergó uno de los barrios, con una iglesia románica de la que hoy solo queda el arranque de los muros. Al norte, solitaria, se alza la torre de Aragón. La villa tiene otras estructuras defensivas, como los torreones y la muralla que descendía hasta el río por la judería, barrio que contaba con una sinagoga en lo que hoy es el yacimiento arqueológico del Prao de los Judíos, a los pies del castillo.

Al otro lado del río, sobre una elevación con vistas inmejorables, el nuevo Parador de Molina de Aragón se funde con el entorno, como un baluarte de diseño moderno y sostenible que apuesta por el turismo sostenible y la dinamización de las áreas rurales: no en vano, su origen se remonta a 2005, cuando el Gobierno adquirió el compromiso de impulsar la recuperación económica de la comarca tras un trágico incendio forestal. Dos décadas después, ese proyecto se ha materializado en un edificio de nueva planta.

El Parador de Molina de Aragón respeta el entorno y dialoga con el paisaje a través de materiales nobles como la piedra y el cristal. Todo en él está orientado al castillo, que se contempla desde las amplias cristaleras, las habitaciones y su espacio gastronómico. De noche, el juego de luces lo convierte en parte del perfil iluminado de la villa.

Veinticuatro habitaciones —dos de ellas junior suites—, todas con terraza y unas vistas inigualables, conforman un oasis de descanso para el viajero.

Más allá del confort, el nuevo Parador también es una apuesta por la memoria. Su interior acoge una propuesta artística que nace del recuerdo del incendio de 2005, con una fotografía del bosque calcinado de Selas, obra de Eduardo Nave, como punto de partida. A partir de ahí, el arte contemporáneo de otros cinco autores —Candela Muniozguren, Santiago Giralda, Rosa Brun, Santiago Picatoste y Roger Coll— toma la palabra en un recorrido que combina reflexión y esperanza. Además, la decoración refuerza este diálogo entre memoria y modernidad gracias a que está inspirada en la arquitectura tradicional molinesa, con tonos tierra, vino y mostaza.

RESERVA EN EL PARADOR DE MOLINA DE ARAGÓN

 

El Parador como punto de partida

 

En el señorío de Molina se combinan de forma magistral cultura y naturaleza, historia y gastronomía, paisaje y tradición. El Parador es el punto de partida perfecto para recorrer los senderos que atraviesan estas tierras y el merecido descanso después de un día lleno de sensaciones y descubrimientos.

Uno de ellos es el castillo de Zafra. Encaramado en un farallón, fue escenario cinematográfico para varias secuencias de Juego de Tronos y protagonista, muchos siglos antes, de una rebelión, la de Gonzalo Pérez de Lara, que terminó con la Concordia de Zafra y la pérdida de la independencia del señorío de Molina, a partir de entonces integrado en el reino de Castilla.

También muy próximo a Molina se encuentra el poblado del Ceremeño, visitable bajo reserva previa y uno de los mejores exponentes de la cultura celtibérica en estas tierras.

Sin embargo, es el Parque Natural del Alto Tajo el que constituye un reclamo ineludible para los amantes de la naturaleza. En un espacio en el que el protagonista es el río, las cascadas, lagunas, miradores y zonas de baño se abren entre pinos, sabinas y tilos. Entornos como el de la laguna de Taravilla, saltos de agua como el de Poveda o pozas naturales como la del puente de san Pedro ofrecen paisajes perfectos para recorrer a pie y disfrutar de la zona. Las históricas salinas de Saelices de la Sal completan una oferta que mezcla belleza natural y patrimonio tradicional, con el Parador como nueva puerta de entrada a este universo de contrastes.

Sabores de Molina

 

La carta del Parador de Molina rinde homenaje a una región donde la gastronomía está profundamente vinculada a su historia, entorno y tradiciones. La cocina molinesa refleja la identidad de una tierra de paso y de encuentro, marcada por la confluencia de diversas culturas y épocas. Sus raíces se remontan a la época medieval, dejando un sello imborrable en su cultura local, fiestas y tradiciones.

Entre sus especialidades, destaca el bacalao de arriero, receta tradicional de quienes transportaban mercancías a lomos de mulas, o las migas con lavanda, herencia directa del pastoreo. También destacan ingredientes como las chacinas de caza de jabalí y ciervo, así como las setas y las trufas que enriquecen sus platos en otoño.

La repostería también tiene sello propio: la célebre «pata de vaca», bizcocho relleno de crema y cubierto de chocolate, o dulces típicos, como la torta de San Blas y las roscas de manzana.

 

Compromiso con el territorio

 

Desde sus inicios Paradores tiene un fuerte compromiso con el desarrollo de las comunidades donde se ubican sus establecimientos, siendo un potente estímulo que contribuye al desarrollo local de muchas formas.

El nuevo Parador de Molina favorece la creación de empleo, la protección del capital natural del entorno, la promoción de la cultura y la conservación de la oferta gastronómica local, aportando dinamismo económico y mejora, en definitiva, de la calidad de vida de los habitantes de la zona gracias a una oferta de servicios sostenibles y actuaciones adaptadas a las nuevas realidades sociales.