Numancia, de Cervantes, abrirá este año el Festival de Mérida bajo la dirección de José Luis Alonso de Santos. El veterano dramaturgo asume el reto de adaptar un texto complejo y poderoso, con ecos de actualidad, para vestirlo con la grandeza ritual que exige el teatro romano.

Ha adaptado y dirige un texto tan enérgico como Numancia. ¿Qué le atrajo de este texto cervantino para llevarlo a escena?
Es uno de los grandes textos clásicos españoles y, además, de Cervantes. Más allá de su calidad, hay que destacar su dificultad, porque es una obra muy compleja. Cuando se estrenó, el teatro de Lope aún no estaba asentado y se intentaba inventar una especie de tragedia nueva. Es complicado de llevar a escena, pero es gran teatro. Yo ya tengo mucho camino recorrido, y a estas alturas no la habría elegido si no fuera un reto.
A la hora de tocar el texto original, ¿qué tuvo en cuenta para enfrentarlo al público contemporáneo?
Quise conectarlo con el espectador actual. Igual que hay términos que hoy serían incomprensibles y conviene actualizar, hay temas que son eternos: la libertad, el honor o la dignidad humana. En la adaptación me he inclinado más hacia la cuestión histórica, la que plantea Cervantes, y he tendido un puente con la actualidad. Se trata de rescatar lo que pueda interesar hoy. Hay cosas en Numancia que parecen sacadas de los periódicos de esta mañana.
¿Cómo se ha movido entre la fidelidad al texto original y el ejercicio de la libertad creativa?
He hablado con Cervantes en mis noches de insomnio, a través del móvil de la imaginación, y le he preguntado qué cambiaría él. Me respondió que debía cambiar lo mismo que cambiaría él si estuviera vivo. Yo soy su representante y me he puesto en su piel. No he hecho nada en esta adaptación que al propio Cervantes no le gustara.
La lucha por la dignidad en el asedio a Numancia es un mensaje que hoy se tiene que escuchar, por infrecuente.
La palabra asedio se puede interpretar de muchas formas. Te asedian quienes te rodean y maltratan, tanto a nivel individual como colectivo. Quien es atacado tiene derecho a defenderse. Hay gente heroica que se sacrifica y escribe páginas para la historia. Aquí está la obra de Cervantes, pero también los hechos sucedidos en Numancia. Unos tíos en un pueblo de Soria le plantaron cara a Roma. Esa hazaña valerosa, esa lucha por ideales y por la defensa de una tierra, es también una defensa de España.
¿Qué pasa hoy con la libertad, corre el riesgo de perder su significado tras tanto manoseo?
Cuando se producen estos riesgos de deformación del relato, conviene ser sencillo e ir al diccionario. Para cualquier chico de colegio, o para alguien que está en la cárcel, la palabra libertad tiene un sentido muy claro: que no te opriman o que no te tengan preso. Luego, cada uno le puede meter su rollo. Las palabras pueden servir para defender o para aplastar valores. Estoy de acuerdo con el significado sagrado que le daba Cervantes. Tenga en cuenta que escribió esta obra al salir de prisión en Argel. ¡Cómo lo pasaría de mal!
La obra llega a Mérida después de su estreno en Alcalá. ¿Es una ventaja?
Por un lado, sí, porque llega más rodada. Pero, por otro, no. He tenido que hacer dos montajes diferentes porque la escenografía de un sitio no valía para el otro. Los espacios, en teatro, son muy importantes. Hemos procurado que en Alcalá tuviera la cercanía de lo íntimo y, en Mérida, la grandiosidad de lo que tiene detrás: el teatro romano.
¿Cómo influye este espacio en la concepción escénica?
El teatro te da una relación especial con el público, no solo porque tenga muchos más metros. Es un lugar monumental, con una tradición que el espectador percibe como un gran acontecimiento cultural y ciudadano. Así eran los espectáculos que allí se representaban.
Hablando del Festival, cada vez que usted viene sí que es un acontecimiento.
He hecho siete u ocho espectáculos, cada uno en una etapa diferente y con actores distintos. Siempre ha sido algo gratificante. El teatro en Mérida adquiere la grandeza del ritual, del acto colectivo. Quien no ha ido nunca no sabe lo que se ha perdido.
Como aficionado a la historia, y a las buenas historias, seguro que tendrá algún Parador favorito.
Los Paradores de algunos sitios están muy relacionados con el teatro, por ejemplo, el de Almagro o el de Mérida. En época de festivales es frecuente que me aloje en ellos y que conviva con los espectadores. Recuerdo que, en Almagro, como director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Parador estaba lleno de gente del teatro o de personas que habían reservado con meses de antelación para asistir al Festival. Los Paradores siempre tienen que ver con los movimientos culturales. La gente viaja para ir a la playa, pero también para ir al teatro.