A apenas diez kilómetros del Parador de Pontevedra, un brazo de tierra se adentra en el Atlántico: O Morrazo, un territorio donde el azul del océano se funde con el verde de los montes que descienden hasta la orilla. Pueblos marineros, iglesias medievales, castros y faros que desafían las mareas salpican esta península repleta de historia y naturaleza, donde disfrutar de una escapada inolvidable lejos del bullicio y las aglomeraciones.
«Ondas do mar de Vigo… ondas do mar levado», cantaba el trovador Martín Códex en el siglo XIII al admirar una costa que, ocho siglos más tarde, sigue hipnotizando al viajero. Bañada por las aguas frías y límpidas del Atlántico, la península de O Morrazo se extiende entre las rías de Pontevedra y Vigo, antes de ceder a las Islas Cíes y el archipiélago de Ons el dominio de la furia marina que la llegada del buen tiempo apacigua. Los cuatro municipios –Marín, Bueu, Cangas y Moaña– que forman esta comarca, la más pequeña de Galicia, reciben al visitante con calles angostas, playas de arena fina y rincones que huelen a historia por los cuatro costados.
De piedras, luces y pueblos
Justo por encima de la ensenada que cobija la playa de Mogor, tres rocas desafían al tiempo. Sobre ellas, laberintos tallados en la piedra constituyen uno de los petroglifos más singulares del noroeste peninsular. No son los únicos vestigios del pasado.
Los castros salpican Galicia, y O Morrazo no iba a ser menos. Por toda su extensión se alzan recuerdos pétreos de una cultura de casas circulares y asentamientos fortificados como el de Montealegre, en Domaio, que conserva el arranque de la muralla y de las viviendas entre eucaliptos y vistas privilegiadas a la ría de Vigo y al puente de Rande. O el de la Subidá, no muy lejos de los petroglifos de Mogor. Sin embargo, el más impresionante es el de Donón. Situado en lo alto del monte do Facho, regala vistas que se extienden hasta las Cíes y la Isla de Ons, con sus característicos tonos esmeralda y dorado sobre el índigo intenso del mar. Con vestigios que se remontan al siglo X a. C., parte de su relevancia radica en el templo –dedicado a Berobreo, dios galaico relacionado con la muerte y el más allá– que se alzaba en el lugar, atestiguado por las más de ciento cincuenta aras que se han recuperado en las campañas arqueológicas, hoy en el Museo de Vigo.

Otro elemento que llama la atención en lo alto del monte es una garita de piedra del siglo XVIII, construida sobre los cimientos de un antiguo faro medieval del que el monte toma su nombre, ya que, no en vano, «facho» se refiere a la hoguera de paja mojada que se encendía en lo alto y cuya nube de humo podía divisarse desde toda la costa. Hoy, son otros los faros que se asoman al océano y avisan a los marineros de la cercanía del litoral, como el del cabo Home, cuyo color blanco y azul destaca sobre la Costa de la Vela, o el de Punta Robaleira, cuyo rojo intenso hace juego con el cielo cuando el sol se pone.
Resguardadas de la furia caprichosa del mar, las poblaciones de O Morrazo bordean las rías y las iluminan con una miríada de lucecitas en las noches claras. Conjuntos monumentales como el de Darbo –con la iglesia de Santa María, uno de los mejores ejemplos de barroco rural en Galicia– o el de Hío –y su magnífico crucero– se mezclan con las casas de patín o el curioso campanario de la iglesia de san Salvador de Coiro, en Cangas. Al norte, Bueu alberga el museo Massó en las naves de la antigua conservera, un espacio dedicado al mar donde se pueden descubrir libros incunables, instrumentos marítimos e incluso embarcaciones. También en este municipio se celebra, a principios de agosto, el festival Son Rías Baixas, una de las citas estivales imprescindibles para los amantes de la música. En julio, el Festival Intercéltico do Morrazo, en Moaña, constituye una referencia a escala internacional para los amantes del folk que lleva más de cincuenta ediciones.
Entre fervenzas, robles y eucaliptos
La naturaleza que se extiende por la península es un estímulo para los sentidos. Costas escarpadas, playas de arena fina o frescas florestas hacen las delicias de los más aventureros. Una senda por el Bosque Encantado de Aldán permite perderse entre abedules, castaños y helechos y explorar un pequeño castillo, ahora tomado por el musgo, edificado en los años sesenta y que nunca se llegó a acabar. La ruta de los molinos de A Fraga, que trascurre entre Moaña y Meira, es otro recorrido inolvidable por la ribera del Fraga, entre robles y «fervenzas» o cascadas donde la espuma blanca hace que parezca que el agua «hierve».

Los senderos, caminos y carreteras también se extienden por la costa y permiten acceder a playas como la de Areabrava, de aguas cristalinas y con un pequeño sistema dunar; la de Arneles, resguardada del oleaje; la de Menduiña, donde el mar se vuelve turquesa; la de Tulla, desde la que contemplar magníficas puestas de sol, o la de Barra, una de las mejores playas nudistas de Galicia.
Para quienes buscan más aventura, desde el puerto de Bueu se puede llegar, tras una breve travesía, a la Isla de Ons, parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas y con lugares tan singulares como el Buraco do Inferno o la playa de Melide. De vuelta en la península, la comarca de O Morrrazo envuelve al viajero con la esencia atlántica de Galicia, que se siente en cada bocado, en cada ola y en cada puesta de sol.
Tierra de leyendas

Entre la bruma que trepa con sus largos dedos por los acantilados de O Morrazo se asoman creencias que se pierden en el tiempo y que viven en la memoria colectiva de sus habitantes. Seres mitológicos, historias narradas entre susurros y lugares envueltos por un halo mágico conviven con paisajes que dejan sin respiración. Tierras recorridas por la Santa Compaña. Leyendas como la de A Banda da Figueiriña y A Costa do Río, en el monte Facho, desde donde parten las ánimas hacia el oeste, persiguiendo la puesta de sol sobre el océano en su viaje al Más Allá, o la de la poza da Moura, en Domaio, que debe su nombre a un amor desgraciado que acabó con la muerte de los amantes. Desde entonces, las noches de verano guardan los lamentos de una mujer que, cuando el sol se oculta el día de San Juan, peina sus largos cabellos en la orilla.
Sabores del mar

Tradición, sabor y autenticidad definen la oferta gastronómica del Restaurante Casa do Barón del Parador de Pontevedra. Un espacio donde degustar la auténtica cocina tradicional gallega, con especial influencia de las Rías Baixas: pescados, mariscos, pulpo a feira, empanadas artesanas y quesos autóctonos. El Parador de Pontevedra se ubica en el casco histórico de la ciudad, en un palacio renacentista del siglo XVI que fue residencia de los Condes de Maceda.