Dicen de Santillana del Mar que es el pueblo de las tres mentiras porque ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Pero basta detenerse un instante para descubrir que el tópico tiene sus matices. La villa está ligada a Santa Juliana, el terreno no es completamente llano, aunque las pendientes son suaves, y el municipio sí alcanza el Cantábrico a través de Ubiarco o la playa de Santa Justa. Quizá, por eso, Santillana del Mar funciona tan bien, porque detrás de una de las villas medievales mejor conservadas de España hay también un territorio lleno de caminos, acantilados, arte rupestre, arquitectura románica y pequeñas escapadas.
Una villa nacida alrededor de un monasterio
El origen de Santillana del Mar se remonta al siglo VIII, cuando un grupo de monjes llegó hasta esta zona transportando las reliquias de una mártir llamada Juliana. A partir de aquella pequeña ermita comenzó a crecer un núcleo medieval que acabaría convirtiéndose en uno de los conjuntos históricos más importantes de Cantabria.

Todavía hoy, siglos después, la villa mantiene intacta buena parte de aquella esencia. Las fachadas de piedra, las torres defensivas, los palacios renacentistas y las casonas blasonadas construyen un paisaje urbano detenido en el tiempo, aunque Santillana esté lejos de ser un lugar inmóvil. Más bien al contrario, sigue siendo uno de los grandes focos culturales y turísticos del norte peninsular.
Calles donde perderse
La mejor forma de descubrir Santillana es caminarla. La calle de Santo Domingo conduce hacia el corazón histórico de la villa, donde la Plaza Mayor concentra algunos de los edificios más reconocibles, como la Torre del Merino o la Torre de Don Borja, dos de las construcciones civiles más antiguas de la localidad. Muy cerca aparecen también antiguas casas nobiliarias, balcones repletos de flores y fachadas cubiertas de escudos heráldicos que recuerdan el peso histórico de las familias hidalgas en esta zona de Cantabria.
La Colegiata de Santa Juliana, el origen de todo
En Santillana casi todo conduce hacia la Colegiata de Santa Juliana. No solo porque es el edificio más emblemático de la villa, sino porque alrededor de ella comenzó a construirse la historia del municipio.

La colegiata actual, levantada entre los siglos XII y XIII, es uno de los mejores ejemplos de arte románico de Cantabria. Su claustro, con capiteles decorados con escenas religiosas, animales fantásticos y motivos vegetales, resume buena parte de la iconografía medieval de la época.
El interior conserva además un importante retablo mayor de transición entre el gótico y el plateresco, junto a otros elementos que ayudan a entender la relevancia que tuvo Santillana dentro de la ruta norte del Camino de Santiago.
Altamira y el arte que cambió la historia
A pocos kilómetros del centro histórico aparece uno de los grandes tesoros culturales del país y conocida por todos como es la Cueva de Altamira.
Las pinturas rupestres descubiertas aquí a finales del siglo XIX revolucionaron la forma de entender el arte prehistórico. Los famosos bisontes policromados, realizados hace miles de años aprovechando incluso los relieves naturales de la roca, siguen siendo una referencia mundial.

Aunque la cueva original permanece cerrada para garantizar su conservación, el Museo de Altamira permite acercarse a ese universo a través de la Neocueva, una reproducción extremadamente precisa que ayuda a comprender la magnitud artística y técnica del conjunto original.
Más allá de la importancia arqueológica, la visita sirve también para tomar conciencia de la enorme riqueza patrimonial que rodea Santillana del Mar.
El Cantábrico también forma parte de Santillana
Otra de las sorpresas del municipio aparece cuando uno abandona el casco histórico y se acerca a la costa. Porque como hemos dicho, Santillana tiene mar.

La playa de Santa Justa, en Ubiarco, es probablemente uno de los rincones más singulares de la zona. La pequeña ermita construida junto al acantilado y el paisaje abrupto del Cantábrico forman una de esas imágenes difíciles de olvidar.
Muy cerca, Onzapera ofrece una cara completamente distinta donde la calma, las piscinas naturales y un entorno mucho menos conocido funcionan como contrapunto perfecto al ambiente de la villa medieval.
Dos Paradores para redescubrir Santillana
Santillana del Mar cuenta además con una particularidad dentro de la red de Paradores al contar con dos establecimientos situados a escasa distancia el uno del otro.

El Parador de Santillana Gil Blas reabrió sus puertas el pasado 30 de abril tras una renovación integral de instalaciones y una redecoración completa. Ubicado en una casona barroca del siglo XVII en plena plaza civil de la villa, junto a la Torre del Merino y frente al ayuntamiento, fue además uno de los primeros establecimientos de la Red de Paradores, inaugurado en 1946. Entre las novedades destaca una nueva terraza interior abierta al público, integrada en el entorno histórico de la villa.

A pocos metros se encuentra el antiguo Parador de Santillana del Mar, cerrado desde mayo de 2021 por una profunda reforma integral y que ha reabierto bajo la identidad de Parador de Santillana Altamira. Su reinauguración oficial se produjo el pasado 5 de junio y abrió a clientes el 10 de junio de 2026. Quienes ya lo conocían encontrarán ahora un espacio completamente transformado.

Más allá del alojamiento, ambos forman parte del paisaje cotidiano de Santillana y encajan de manera natural en una villa donde patrimonio, historia y vida diaria conviven constantemente.
Más allá de la villa
La ubicación de Santillana permite además explorar algunos de los lugares más interesantes de Cantabria en trayectos muy cortos.
Comillas, con El Capricho de Gaudí, el Palacio de Sobrellano y su arquitectura señorial, es una de las escapadas más habituales. También merece la pena acercarse al bosque de secuoyas de Cabezón de la Sal, al acantilado del Bolao o a pueblos como Cartes y Riocorvo, donde todavía se conserva una Cantabria mucho más tranquila.

Hacia la costa, Suances ofrece otra atmósfera completamente distinta, marcada por las playas y el ambiente marinero.
Y para quienes buscan naturaleza en estado puro, el Parque de la Naturaleza de Cabárceno o los Picos de Europa quedan lo suficientemente cerca como para completar la escapada.

Porque Santillana del Mar no funciona solo como destino, sino como punto de partida. Un lugar donde la historia aparece en cada esquina, pero donde siempre hay algo más esperando unos kilómetros más allá.