Si bien las series han servido para poner ante el espectador la magnética presencia de Mina El Hammani, solo son un exiguo muestrario de su potencial. Mina es mucho más. Así lo comprobarán de primera mano quienes se acerquen al Teatro Romano emeritense para pasmarse ante Las troyanas, el clásico de Eurípides adaptado por Carlota Ferrer e Isabel Ordaz. Una oportuna reflexión sobre los desastres de la guerra y sus víctimas más recurrentes: las mujeres.
No es su primera vez en el Festival de Mérida. Ya interpretó a la reina Yocasta en Edipo. ¿Qué recuerda de aquella primera experiencia?
Ese proyecto llegó en un momento muy delicado para mí... Estaba viviendo cosas personales bastante intensas, y subirme al escenario en Mérida fue... increíble. Es un sitio con tanta fuerza, tanta historia, que te envuelve. Interpretar a Yocasta, con todo lo que carga ese personaje, fue casi terapéutico. Recuerdo que, a pesar de lo que estaba viviendo, me sentí muy arropada, muy conectada con el público, con el equipo... Fue una experiencia que no voy a olvidar nunca.
En esta ocasión, forma parte del plantel de un clásico tan poderoso como Las troyanas. ¿Qué le llamó la atención de esta historia?
Es una obra que tiene una fuerza brutal. Habla del dolor, de la pérdida, pero también de la dignidad y la resistencia de las mujeres en medio del desastre. Cuando me llegó la propuesta, me removió muchísimo. Además, tenía muchas ganas de trabajar con Carlota Ferrer. Admiro mucho su mirada, cómo construye desde lo simbólico, desde lo corporal, desde lo emocional... Sabía que con ella esta historia iba a contarse desde un lugar muy especial. Es un regalo estar en este proyecto.

A pesar de su juventud, es una actriz consolidada y valorada. ¿Le impone respeto un escenario como el Teatro Romano de Mérida?
Muchísimo. Tuve la suerte de estar en Mérida interpretando a Yocasta en Edipo, pero tengo que decir que los nervios que se sienten allí son únicos, nunca antes había experimentado algo así. Cada función es diferente y especial. Estoy muy emocionada, sí, pero también nerviosa; aunque, sobre todo, estoy muy agradecida de poder compartir escenario con todos mis compañeros y, en esta ocasión, de la mano de Carlota Ferrer.
Las troyanas es un grito contra la guerra y la violencia sobre los cuerpos de las mujeres. Desde Eurípides, lamentablemente, la cosa no ha cambiado tanto…
Sigue siendo un reflejo brutal y necesario de cómo la guerra y la violencia impactan especialmente a las mujeres. Desde Eurípides hasta hoy, la tragedia persiste, y la obra nos recuerda esa realidad que no ha cambiado tanto. Por eso me parece importante llevarla al escenario ahora, para que el público pueda reflexionar sobre esas heridas que siguen abiertas y no se silencien. Es un grito que sigue vigente y que estamos viendo todos los días, en Gaza mismamente.
Su personaje es, a la vez, un reto interpretativo y una oportunidad de crecimiento actoral. ¿Lo ve así?
Totalmente. Siento que este personaje va a marcar un antes y un después en mi camino, no solo como actriz, sino también como persona. Me va a llevar a hacerme muchas preguntas, remover cosas, enfrentarme a partes de mí que quizá no había mirado tanto. Es un personaje muy complejo, en una obra muy potente, y sé que va a ser un proceso intenso, pero también un crecimiento enorme.

¿Se reconoce en el espíritu de resistencia de estas mujeres?
Sí, me reconozco mucho en el espíritu de resistencia de Las troyanas. Creo que todas, en mayor o menor medida, hemos tenido que resistir, por nuestro lugar, nuestra identidad o, simplemente, poder ser nosotras mismas sin tener que justificarnos todo el tiempo. En mi caso, como mujer, hija de migrantes y actriz, he sentido muchas veces la necesidad de demostrar el doble, de romper estereotipos, de hacerme un hueco en espacios donde no siempre ha sido fácil.
Una de las mejores experiencias de Mérida es pasar por su Parador. ¿Conoce la red de Paradores? ¿Tiene alguno favorito?
Este año quiero ir sí o sí y disfrutarlo.