Hay escapadas que llegan sin planearse y otras que se sueñan con tiempo. Cuenca suele ser de esas que uno descubre por recomendación de alguien que ya cayó rendido ante su magia. Porque sí, esta ciudad es de las que sorprenden. A pesar de haber sido declarada Patrimonio de la Humanidad hace casi tres décadas, sigue siendo una gran desconocida para muchos. Por eso, si estás pensando en una primera visita, aquí va nuestro consejo: ven sin prisas, con la mente abierta y, si puedes, quédate en el Parador. El fin de semana promete.
La ciudad
Cuenca no se entiende sin su paisaje. No es solo una ciudad, es una aventura en vertical entre hoces, ríos y callejuelas que parecen flotar sobre el vacío. Nada más llegar, es fácil dejarse atrapar por su símbolo más reconocible: las famosas Casas Colgadas. Aunque hoy solo queden tres originales, siguen impactando con esa arquitectura suspendida que desafía el sentido común. Lo que no todo el mundo sabe es que puedes entrar en ellas.

Y justo frente, sobre el impresionante cañón del río Huécar, se alza el Parador de Cuenca.
El Parador

El antiguo convento de San Pablo, hoy convertido en Parador, está tan bien integrado en el paisaje, que parece que siempre ha estado allí, esperando tu visita. Dormir entre sus muros es como retroceder siglos, pero con todas las comodidades del presente. Sus espacios te envuelven: el claustro acristalado, la cafetería instalada en lo que fue la capilla o esa piscina con vistas que, si vas en temporada, no querrás abandonar. Además, acaba de reabrir tras una importante reforma.

Desde el propio Parador parte uno de los paseos más icónicos: cruzar el Puente de San Pablo. No apto para quienes sufren vértigo. A 40 metros de altura, este puente de hierro y madera conecta el convento con el casco antiguo de Cuenca y regala una de las postales más memorables de la ciudad. Si te animas a cruzarlo al atardecer, con la luz dorada tiñendo las fachadas colgadas, te aseguramos que el recuerdo se te queda grabado.

Tus indispensables
Comienza tu paseo por el casco histórico y continúa hacia la Catedral, un auténtico tesoro gótico que nació sobre la antigua mezquita tras la Reconquista. Es un edificio con muchas capas, a lo largo de los siglos ha sumado influencias románicas, platerescas, barrocas... pero lo que realmente impresiona está en su interior. Subir a las alturas de su estructura te regala una perspectiva única de la nave central y de la plaza Mayor, el corazón vivo de la ciudad.

Y es precisamente en esa plaza donde se siente el pulso de Cuenca. Flanqueada por casitas de colores, el Ayuntamiento y el Convento de las Petras, es el sitio perfecto para hacer un alto, tomarte algo en una terraza y simplemente mirar. A escasos pasos tienes callejuelas que serpentean hasta barrios como San Miguel o San Martín, cada uno con su propia personalidad y encanto.

Uno de los grandes placeres de Cuenca son sus miradores, y hay muchos. Desde el de Florencio Cañas, con vistas panorámicas desde la zona del castillo, hasta el más escondido Mirador de San Miguel, que se asoma con discreción al paisaje y te regala silencio. Si te apetece una mini excursión, puedes subir al Cerro del Socorro, la caminata es corta y la vista, inmensa. Y para los amantes de las fotos con mensaje, el Mirador de Miguel Ángel Troitiño, dedicado a uno de los grandes impulsores del reconocimiento patrimonial de Cuenca, es ideal para posar con la ciudad a tus pies.
Para los más exploradores

Si tienes coche (o ganas de explorar), la ruta hasta la Ciudad Encantada o el Ventano del Diablo es un planazo. El primero, un parque geológico donde las piedras, esculpidas por el agua y el viento, se convierten en animales, objetos y caprichos de la naturaleza; el segundo, un mirador natural sobre la hoz del Júcar. Y si aún te queda curiosidad, las Caras de Buendía, talladas en piedra en plena ruta forestal, te sacarán más de una sonrisa.

Gastronomía
Seguro que tanto paseo abrirá tu apetito. Y aquí es donde Cuenca se gana otro punto fuerte: su cocina. Sabrosa, auténtica y con mucho carácter. Si hay algo que no puede faltar en tu mesa es el morteruelo (un paté caliente de caza), el ajo arriero, los zarajos o unas buenas migas. Todo ello maridado con quesos manchegos, aceite, vino y pan como los de antes. El toque dulce lo pone el alajú, un postre de origen árabe que combina almendras y miel.

Y sí, todo esto lo puedes disfrutar, también, en el restaurante del Parador, donde la tradición se cuida con mimo y se presenta con un toque actual. Comer en su antiguo refectorio, bajo un artesonado de madera, rodeado de historia y sabor, es el broche perfecto a un día completo. Aquí se entiende bien eso de viajar con los cinco sentidos.
