Tres destinos que están en su mejor momento
28 de Abril 2026

La primavera tiene ese poder de transformar los destinos hasta el punto de hacerlos parecer diferentes. Esta estación es una invitación silenciosa a salir, disfrutar y conocer destinos casi de manera aleatoria, porque el buen tiempo y las horas de luz permiten conocer cada lugar a tu ritmo. Y no solo lo decimos por el clima, sino por cómo la luz cambia el paisaje y la manera en la que se vive cada lugar.

Partiendo de esta premisa, hay algunas ciudades que brillan diferente, territorios que se abren y paisajes que se vuelven casi magnéticos. Y entre todos ellos, hay tres que ahora mismo están en su punto más álgido, como Salamanca, donde la piedra dorada se enciende con esta nueva luz, Antequera, donde historia y naturaleza encuentran su equilibrio durante esta estación y Cangas de Onís, donde la primavera se desborda en verde y agua.

Tres destinos, tres formas de viajar… y una misma sensación, el momento es ahora.

 

La ciudad que se enciende en primavera

 

Salamanca siempre impresiona, pero en primavera ocurre algo distinto. La ciudad deja de ser solo monumental para volverse también sensorial. La luz se posa sobre la piedra de Villamayor y la transforma, las calles recuperan su pulso y el ambiente universitario vuelve a sentirse en cada rincón.

La mejor forma de empezar a visitar Salamanca es desde arriba. Subir a las torres de las catedrales o a la Clerecía permite entender la ciudad en conjunto, con sus tejados rojizos, las campanas, las calles que se entrelazan y ese perfil inconfundible que mezcla siglos de historia con una energía sorprendentemente actual.

Después, toca pasear por la ribera del Tormes, descubrir rincones como el Huerto de Calixto y Melibea o seguir la nueva ruta de miradores que recorre distintos puntos estratégicos de la ciudad. Cada parada ofrece una perspectiva distinta de la ciudad que te permitirá llenar de fotos tu álbum de recuerdos.

Para quienes buscan algo diferente, Salamanca también guarda secretos bajo tierra. Cuevas, túneles y espacios históricos que alimentan leyendas y muestran una cara menos evidente, pero igual de fascinante.

Y entre paseo y paseo, la gastronomía. Aquí se viene a comer bien, con ibéricos, recetas tradicionales y dulces que saben a hogar. Todo acompañado de ese ambiente de barra y terraza que en primavera se vuelve irresistible.

Termina el día (o empiézalo) en la Plaza Mayor. Siempre hay un momento para volver a ella, pero al anochecer, cuando la iluminación se enciende poco a poco, la escena se vuelve difícil de olvidar.

Frente a ese perfil histórico, al otro lado del río, el Parador de Salamanca ofrece una perspectiva distinta. Moderna, abierta, luminosa. Un lugar desde el que contemplar la ciudad con calma, especialmente al atardecer, cuando todo vuelve a teñirse de ese dorado tan característico.

 

Donde todo encaja sin esfuerzo

 

En primavera, Antequera se muestra con una claridad especial. La vega se vuelve más intensa, el aire más limpio y el paisaje parece ordenarse de forma natural.

El viaje puede empezar en la propia ciudad, donde iglesias, conventos y edificios históricos dibujan un recorrido tranquilo, casi pausado. El barroco antequerano, presente en muchas de sus fachadas, aporta carácter sin necesidad de imponerse. Es una ciudad que se deja descubrir poco a poco.

Pero uno de los grandes atractivos está fuera. El Torcal, a pocos kilómetros, es uno de esos lugares que no se parecen a nada. Un paisaje kárstico de formas imposibles, callejones de piedra y miradores naturales donde cada paso cambia la perspectiva. En primavera, además, pequeños detalles como la vegetación y las flores suavizan el conjunto y lo hacen aún más especial.

La experiencia se completa con otro contraste, la Laguna de Fuente de Piedra. Un espacio abierto, donde el agua y la fauna crean una escena completamente distinta. Los flamencos, especialmente en esta época, añaden movimiento y vida a un entorno que invita a la contemplación.

Y entre naturaleza e historia, también hay lugar para planes diferentes como rutas culturales, museos, actividades al aire libre o incluso experiencias como un paseo en globo para entender el territorio desde otra perspectiva.

¿Algo más? después de un día así, el descanso tiene su propio protagonismo. El Parador de Antequera, con su arquitectura contemporánea y sus grandes ventanales, está pensado precisamente para parar. La luz entra sin filtros, los jardines acompañan y las vistas de la vega, especialmente al atardecer, invitan a disfrutar del momento.

 

El norte en su versión más intensa

 

En Cangas de Onís, durante la primavera el paisaje se transforma por completo. El verde se intensifica, el agua gana protagonismo y la montaña se muestra más accesible, pero igual de imponente.

El recorrido suele comenzar en el propio pueblo, cruzando su puente más emblemático, con la Cruz de la Victoria colgando sobre el río. A partir de ahí, todo conduce hacia uno de los lugares más simbólicos del norte: Covadonga.

La visita al conjunto (la cueva, la basílica, el entorno natural) combina historia, tradición y una belleza difícil de describir. Es uno de esos lugares que, independientemente de las creencias, deja huella.

Y más arriba, los Lagos de Covadonga. Llegar hasta ellos ya forma parte de la experiencia. Curvas, cambios de paisaje y, de repente, el agua. En primavera, el equilibrio es perfecto, los lagos están llenos, la vegetación en su punto y la montaña aún marcada por el invierno. Es un lugar para caminar, parar, respirar y simplemente mirar.

Pero Cangas de Onís no es solo paisaje. También es cultura y forma de vida. La gastronomía aquí es contundente, generosa, pensada para recuperar energía después de un día al aire libre. Y la sidra, claro, forma parte de la experiencia tanto como el propio entorno.

A orillas del Sella, el Parador de Cangas de Onís completa el viaje con una propuesta única. Un antiguo monasterio rodeado de naturaleza, donde la historia se siente en cada piedra y el silencio tiene un peso especial. Desde aquí, todo queda cerca, pero lo suficiente lejos como para desconectar.

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