Hubo un tiempo en el que, entre los muros del Palacio Real de Olite, rugían leones, paseaban camellos y una jirafa despertaba el asombro de embajadores llegados de toda Europa. Mientras otras cortes competían por levantar fortalezas inexpugnables, el rey Carlos III el Noble convirtió su residencia navarra en un lugar extraordinario, donde jardines, fiestas, animales exóticos y arquitectura componían un escenario pensado para sorprender.
Seis siglos después, aquel universo fascinante vuelve a cobrar vida. No lo hace con fieras ni bestias llegadas de tierras lejanas, sino a través del arte contemporáneo. La reciente reapertura del Parador de Olite-Erriberri recupera ese episodio casi desconocido de la historia medieval para convertirlo en el hilo conductor de un proyecto artístico que invita al visitante a mirar el pasado con ojos del presente.
Un Parador dentro de uno de los grandes palacios de la Europa medieval
El Parador de Olite-Erriberri ocupa el Palacio Viejo o de los Teobaldos, la parte más antigua del conjunto monumental que conforma el Palacio Real de Olite. Junto al Palacio Nuevo impulsado por Carlos III el Noble, constituye una de las obras maestras de la arquitectura civil gótica europea y el reflejo de una corte que, durante los siglos XIV y XV, fue una de las más sofisticadas del continente.

Dormir entre estos muros significa alojarse en un edificio que ha sido testigo de recepciones diplomáticas, banquetes, intrigas palaciegas y celebraciones que contribuyeron a convertir Olite en uno de los grandes centros culturales del reino de Navarra.
Un edificio renovado para seguir contando su historia
Tras permanecer cerrado durante casi veinte meses, el Parador ha reabierto sus puertas después de una profunda intervención que ha supuesto una inversión de 8,6 millones de euros.

La reforma ha modernizado completamente el establecimiento sin alterar su esencia. La piedra centenaria, los arcos, los antiguos pasajes y los elementos originales del edificio siguen marcando el recorrido del visitante, ahora acompañados por un interiorismo contemporáneo inspirado en los colores del paisaje navarro como son las arcillas, los tonos burdeos de los viñedos, los dorados de la miel y la calidez de la madera.
Carlos III el Noble y el zoológico que maravilló a Europa
A finales del siglo XIV, Carlos III el Noble soñó con transformar Olite en mucho más que una residencia real. Quería construir un palacio capaz de competir con las grandes cortes europeas y convertirlo en un espacio dedicado al placer, la cultura y el asombro.
Para ello mandó levantar jardines colgantes, galerías, torres y salones decorados con un lujo poco habitual en la península. Pero hubo un elemento que convirtió Olite en un lugar verdaderamente excepcional, su zoológico.

Las crónicas de la época hablan de leones, camellos, búfalos, monos, aves exóticas e incluso una jirafa, un animal prácticamente desconocido en la Europa medieval. Muchos llegaron como presentes diplomáticos enviados por otros monarcas y se convirtieron en el mejor símbolo del prestigio internacional de la corte navarra. A ellos se sumaba un sorprendente dragón mecánico utilizado durante las celebraciones palaciegas, una muestra del gusto medieval por el espectáculo y la escenografía.
Aquel zoológico no era una simple colección de animales. Era una declaración de poder, un escaparate de riqueza y una ventana abierta hacia un mundo lejano y desconocido que muy pocos privilegiados podían contemplar.
Cuando el arte hace regresar a los animales
Ese episodio histórico es el punto de partida del nuevo proyecto artístico del Parador de Olite-Erriberri. En lugar de reconstruir aquel zoológico, la propuesta plantea una pregunta: ¿cómo miraríamos hoy aquellos animales? ¿Qué significado tiene su presencia seis siglos después?

Las obras reunidas para el Parador responden desde lenguajes muy distintos. Pintura y fotografía recuperan simbólicamente la memoria de aquellas criaturas para hablar de biodiversidad, de la fascinación humana por lo exótico, de la representación de la naturaleza y de nuestra relación con el mundo animal.
Mirar a los animales de frente
Las fotografías de Estela de Castro pertenecen a las series Aves y The Animals, un proyecto nacido de su compromiso con la defensa de los derechos de los animales.

Sus retratos eliminan cualquier elemento accesorio. Frente al espectador solo queda el animal y su mirada. Ya no es una curiosidad llegada de tierras lejanas ni un símbolo de poder cortesano, sino un individuo con identidad propia que reclama ser observado desde el respeto.
En el Parador, estas imágenes establecen un emocionante contraste con la historia del antiguo zoológico, porque, donde antes hubo exhibición, hoy hay reflexión.
La selva imaginada
La gran pintura Extraño Paraíso 10 recibe al visitante con una jungla exuberante donde lo real y lo ficticio parecen confundirse.
Nacho Martín Silva construye este paisaje a partir de documentos históricos sobre taxidermia y de las pinturas de Henri Rousseau, el artista francés que imaginó exuberantes selvas tropicales sin haber abandonado nunca Europa.

Su obra habla de una naturaleza construida por la imaginación humana, igual que el zoológico de Olite fue, hace seiscientos años, una forma de traer el mundo lejano hasta el corazón de Navarra.
El silencio después del asombro
Frente a la exuberancia de Martín Silva, Manuel Vilariño propone el silencio. Premio Nacional de Fotografía, su obra Abada invita a detenerse. Sus imágenes, profundamente poéticas, sitúan al animal en un territorio donde conviven la belleza, el misterio, la espiritualidad y el paso del tiempo.

Es quizá la pieza que mejor resume el espíritu del proyecto, donde, después del espectáculo medieval, llega la contemplación.
Un museo que solo puede existir aquí
Las mejores colecciones de arte son aquellas que no podrían trasladarse a ningún otro lugar sin perder parte de su significado.
Eso sucede en el Parador de Olite-Erriberri. Cada una de las obras encuentra sentido porque nace de la historia del edificio que la acoge. Los artistas no solo ilustran el pasado, sino que lo reinterpretan y lo convierten en una invitación a descubrir que, detrás de las piedras centenarias del palacio, aún resuenan los ecos de un lugar donde, hace más de seiscientos años, una jirafa podía pasear por la corte de los reyes de Navarra.
Y quizá esa sea la mayor virtud de este Museo Paradores, demostrar que el patrimonio no pertenece únicamente al pasado. Sigue vivo cada vez que una obra contemporánea es capaz de despertar de nuevo nuestra capacidad de asombro.