La sombra de Rhodes, uno de los pianistas más célebres del mundo, hace tiempo que ha llegado más allá del ámbito de la música clásica. Es conocido, también, por ser un valiente impulsor de la protección frente a los abusos a la infancia y un agudo observador de este país. Como reconoce, tras siete años viviendo en España, aún sigue en una “luna de miel” en la que habla con amor de sus descubrimientos cotidianos. Ojalá le dure.
Es uno de los mejores pianistas del mundo, pero no tiene la imagen que muchas personas esperan de alguien así. ¿Por qué todavía hay un estereotipo de elitismo en la música clásica?
Es muy amable por su parte, pero no es cierto. En un día bueno estoy contento con cómo toco y siento que hago justicia a los Bachs y Chopins que existen. Siempre ha habido una especie de elemento ceremonial en la música clásica y una impresión de que, de alguna manera, es un tipo de “arte elevado” que solo las personas con dinero y educación pueden disfrutar, lo que no puede estar más lejos de la realidad. Cuando subo a un escenario, me pongo aquello con lo que me siento más cómodo (la idea de tocar con un esmoquin me parece ligeramente ridícula) y siempre hablo con el público para darle algo de contexto (tanto histórico como personal) sobre las piezas, ya que creo que ayuda a hacerlo más cercano. Después, las luces se apagan, un foco ilumina el teclado y todos podemos sumergirnos durante 90 minutos en el mundo interior de esos genios de la música. Es algo maravilloso y creo que necesitamos que haya más.
Sus grabaciones siempre están en los primeros puestos de las listas, pero sus conciertos son una experiencia aparte por su intensidad. ¿Qué le aporta a usted el contacto con el público?
A veces tengo la impresión de que sería más fácil, entretenido y barato quedarse en casa y escuchar a los músicos en Spotify en lugar de ir a un concierto. La experiencia que hoy en día ofrece un concierto (de música clásica) puede resultar un poco decepcionante. Todavía existen esas normas tácitas sobre cómo hay que ir vestido o cuándo hay que aplaudir y esos músicos que se suben al escenario, fruncen el ceño y tocan sin decir ni una palabra. En mi opinión, eso es un tanto descorazonador y no está conectado con la emoción trascendental que nos provoca la música, por eso creo que deberíamos intentar conectar más con nuestro público y hacer que esta experiencia sea más inmersiva e íntima. Es demasiado fácil centrarse en la música y en el intérprete y olvidar el maravilloso e increíblemente importante tercer pilar de un concierto: el público.

Es capaz de transmitir como nadie su amor por la música en sus intervenciones, ¿qué papel juega el piano en su vida?
Es mi oxígeno, mi terapeuta, mi mejor amigo. Es todo lo que siempre quise y nunca pude encontrar. Imagino que es lo mismo que la música o el fútbol para muchos de nosotros: sin ellos, la vida sería inconcebible.
En España, hemos descuidado la educación musical de las nuevas generaciones. ¿Por qué es fundamental esta formación? ¿Cómo podemos remediarlo?
No solo en España, se trata de un problema global. Vivimos en un mundo donde, si no vienes de una familia con dinero, es muy poco probable que escuches una orquesta en directo o incluso que termines el instituto sabiendo quién es Bach, y mucho menos que tengas la posibilidad de aprender a tocar un instrumento o de estar en una orquesta. Parece que hemos olvidado el extraordinario impacto que tiene aprender a tocar un instrumento en los niños en lo referente a las habilidades sociales y el desarrollo, el lenguaje, las matemáticas, el trabajo en equipo, la concentración, la disciplina, la creatividad, la autoestima, etc. Tenemos que ponerle remedio. ¿Cuántos Casals, De Larrochas, Sabinas, Serrats o Albeniz hay en nuestras aulas que no tienen ni idea de su talento porque no se les han dado las herramientas necesarias para explorarlo?
Ha afirmado que “hay una línea directa entre Bach y Rosalía”. A usted no le importa mucho ofender a los puristas, ¿verdad?
Es tan fácil ofender a los puristas… Si algo así te ofende tienes que plantearte muchas cosas. La música es música. Toda se forma a partir de las mismas doce notas. Si no eres capaz (o no quieres) entender que las invenciones y progresiones harmónicas y melódicas que nacieron del alma, del sufrimiento y del genio de Bach en el siglo XVII han obrado su magia inmortal y todavía hoy están intrínsecamente vivas en otro tipo de música, sea la de Bowie, los Beatles, Sabina o Rosalía, no es que seas purista, es que eres imbécil.
A propósito de niños y jóvenes, gracias a su impulso, España dio un paso adelante con la Ley de Protección a la Infancia, pero queda mucho por hacer. ¿Qué cambios debemos hacer en la mentalidad de este país?
Hay que centrarse en proporcionar una formación adecuada al poder judicial en lo que se refiere a los casos de abuso infantil, algo que, a pesar de que es una de las partes más importantes de la nueva ley, se resisten a explorar por alguna razón. Ahora somos mucho más conscientes y podemos hablar de lo que, durante mucho tiempo, ha sido un tabú, pero la triste realidad es que el abuso sexual infantil todavía es una epidemia que se desarrolla en secreto y que tenemos un largo camino por recorrer. En este momento, España es el país número uno en lo que se refiere a la protección de menores gracias a esta ley y espero que podamos continuar trabajando para mejorar las cosas.

¿Qué es lo que más le llama la atención de España?
Todo. Todavía todo. Tras siete años aquí aún me siento en la fase de “luna de miel”, y digo esto a pesar de que la “España profunda” me ha mostrado la realidad sin miramientos. Es un país maravilloso, lleno de luz, color, ritmo, alegría, creatividad y esperanza. Es un país de cultura, poesía, colaboración y generosidad. Para mí es el modelo perfecto. Tiene sus retos, como cualquier otro país del mundo (políticos que se comportan como adolescentes malhumorados, corrupción y todos los problemas usuales relacionados con la educación, la sanidad y la desigualdad económica), pero más allá de la superficie existe un oasis de cosas buenas. En el fondo, lo que hay es buena gente.
A veces, para los españoles, es difícil aceptar los elogios sobre España. ¿Somos un país con baja autoestima? ¡Somos una especie con baja autoestima! Pero sí. Siempre me sorprende el número de españoles impacientes que rápidamente me corrigen cuando digo algo bueno sobre España…
En su Instagram hay mucha honestidad y amor por la vida cotidiana. ¿Con qué disfruta James Rhodes?
En este momento, mi gran obsesión es la fotografía. En abril y mayo tendré mi primera exposición en Madrid (en la Galería Blanca Berlín). Es una actividad increíble y ahora ya no salgo de casa sin la cámara de fotos. Me da una alegría y paz inmensas. Por otra parte, cuanto más mayor me hago más me doy cuenta de que lo que más me motiva es emplear mi tiempo solo en aquellas cosas que me traen duende, felicidad e inspiración: mi mujer, mi perro, cocinar, tocar el piano, escribir, caminar, viajar. Cosas buenas.
Tiene una pasión casi amorosa con Galicia y una pasión futbolística con el Betis… Si yo fuera fan del Deportivo de la Coruña no estaría muy contento con usted…
Nooooo. Los gallegos son tan fantásticos que no les importa mi pasión por el Betis. Jamás me he sentido más conectado o más impresionado por una sociedad que por la que hay en Galicia. Es, simplemente, un lugar maravilloso. Desde la comida hasta el idioma, el alma de Galicia está hecha de puro amor. Es mi lugar preferido en el mundo. Y todo lo que significa Galicia para mí es lo que representa el Betis para el fútbol. Todavía me queda tanto en este país por descubrir y explorar… pero he de decir que Galicia ha puesto el listón muy alto.
Para una persona que le gusta visitar este país… ¿cuál es su parador favorito?
He tenido la suerte de alojarme en algunos. Pero, por supuesto, a mí los que están en Galicia me curan la morriña. En Paradores siempre hay un gusto a historia y una calidez que contrasta con la frialdad de algunos hoteles. Y eso me encanta.