La letra X, poco común pero llena de carácter, brilla con el Xató, una ensalada tradicional catalana nacida para acompañar la apertura de los vinos nuevos, quizá de ahí su nombre, derivado de aixetonar la bóta. Típica del Garraf y el Penedès, la xatonada une escarola, bacalao, anchoas y aceitunas negras con un aliño potente de ñoras, frutos secos y ajo. Un plato que, pese a servirse en invierno, celebra el vínculo entre mar, huerta y viña, y que ha dejado su huella incluso en la literatura contemporánea. Con X de Xató, la cocina se convierte en fiesta y en memoria compartida.
La letra V nos zambulle en una cocina marinera donde tradición, identidad y sabor se entrelazan. Comenzamos en Málaga con los Victorianos fritos, boquerones que deben su nombre a la Virgen de la Victoria y que son mucho más que un plato: símbolo de una ciudad y emblema de su alma festiva y poética, presente incluso en los versos de Salvador Rueda. Cerramos en las rías gallegas con las Volandeiras, pequeños bivalvos que “vuelan” bajo el agua y que, emparentados con las vieiras, ofrecen una carne firme y sabrosa ideal para recetas “a la gallega”. De la fritura sureña a la plancha del Atlántico, la V celebra el mar como despensa y como relato, con moluscos y peces convertidos en memoria colectiva y en poesía.
La letra O nos abre las puertas a una cocina de contrastes, donde la contundencia de la montaña se encuentra con la sutileza del mar. Comenzamos con la Olla aranesa, un guiso robusto y reconfortante que resume la esencia de los valles pirenaicos. Y terminamos con las Ostras en escabeche, una delicada fusión de mar y vinagre que eleva el producto a nuevas alturas. Entre cucharas y sabores, la O celebra la riqueza de nuestro entorno y la diversidad de nuestras mesas.
La letra Z cierra nuestro diccionario gastronómico con dos propuestas que condensan territorio, historia y sabor. Comenzamos con la Zamburiña escabechada, un bivalvo gallego de carne fina y sabor concentrado, más pequeño que la vieira pero muy apreciado, especialmente como ingrediente estrella en empanadas que han triunfado en concursos culinarios. Y terminamos con el Zurracapote, o simplemente zurra, una bebida popular en La Rioja, Navarra y el País Vasco, hecha a base de vino, frutas y especias. Su origen, ligado a celebraciones medievales, guarda una historia amarga que nos recuerda cómo la cocina también conserva las luces y sombras del pasado. De zamburiña a zurracapote, la Z pone el broche a una gastronomía que no solo se saborea, sino que también se hereda, se celebra y se cuestiona.
La letra Y nos lleva al dulce silencio de los conventos con las Yemas, pequeñas joyas de azúcar y huevo que Ávila reivindica como suyas bajo el nombre de Yemas de Santa Teresa. Aunque se elaboran en muchos rincones de España, su origen sigue envuelto en misterio: algunos lo sitúan en Al Ándalus, otros en el siglo XII, cuando las monjas aprovechaban las yemas que les donaban las bodegas tras clarificar el vino. Lo cierto es que fue en 1860 cuando comenzaron a comercializarse en la pastelería La Dulce Avilesa, hoy La Flor de Castilla. Con Y de Yemas, la repostería se convierte en legado conventual y en dulzura que atraviesa siglos.
La letra T nos lleva a un viaje gastronómico cargado de historia y tradición. Comenzamos con el Tacayut de cordero, un plato sefardí que fusiona influencias judías y musulmanas, reflejando el sincretismo cultural de siglos de historia, mientras que la palabra tacajud, relacionada con una oración nocturna, evoca el vínculo espiritual de los pueblos y terminamos con el Trinxat con butifarra negra, un plato catalán de montaña que, con su mezcla de col, patata y cerdo, nos conecta con la memoria rural de los Pirineos, celebrando la sencillez y la intensidad de los sabores. De Tacayut a Trinxat, la T nos muestra una cocina que sabe contar historias a través de cada bocado.
La letra S nos abre las puertas a una cocina cargada de historia, memoria y emoción. Comenzamos con la Salata concha de berenjenas, una receta de raíz sefardí que viaja desde los fogones de Marruecos hasta las mesas del Mediterráneo oriental. Más que un plato, es un legado cultural: la berenjena, protagonista indiscutible, ha inspirado no solo guisos sino también canciones, como las que recoge el folklore ladino en la voz de Maria Salgado. Cerramos con los Suspiros de amante, delicadas tartaletas de queso nacidas en Teruel como homenaje a los amantes más célebres de la tradición romántica española. Un bocado dulce para una historia eterna, donde el teatro, la leyenda y la repostería se entrelazan. Entre huellas sefardíes y tragedias medievales, la S celebra una gastronomía que sabe contar, y saborear, sus propias historias.
La letra R nos conduce a una cocina que vive entre el mar y el bosque, donde la tradición se sirve en cada plato. Empezamos con las Rabas, emblema del tapeo del norte, crujientes y doradas, que capturan el sabor salino del Cantábrico en cada mordisco. Y en ese recorrido por las recetas con R, terminaremos con los Rovellones a la llauna, una receta otoñal recogida ya en La teca de Ignasi Domènech en 1924. Setas sin confusión, humildes pero sabrosas, cocinadas con sencillez sobre una plancha, con ajo, perejil y un buen aceite de oliva. Entre rebozados marinos y aromas de sotobosque, la R celebra una gastronomía cercana, de temporada, y profundamente ligada a su territorio.
Con la letra Q, el diccionario gastronómico de Paradores se detiene en un bocado dulce y lleno de arraigo: la Quesada. Típica de los valles cántabros, esta delicia de textura suave y sabor lácteo encierra la esencia de la cocina tradicional del norte. Elaborada con ingredientes sencillos y mucho mimo, la Quesada es un homenaje a la sencillez bien hecha y al sabor que perdura en la memoria.
La letra P nos conduce por un recorrido de sabores que van de lo delicado a lo intenso, siempre con alma tradicional. Arrancamos con las Paciencias, dulces sencillos pero llenos de historia, que nos hablan de la repostería conventual y el arte de esperar. Y llegamos al Pulpo a la gallega, plato icónico del norte, donde la sencillez de los ingredientes se convierte en pura expresión del mar. La P es, sin duda, un tributo a la paciencia, el sabor y la memoria culinaria de nuestras tierras.