El parador tiene una situación inmejorable, con unas vistas de impresión sobre el tajo de Ronda. Se puede visitar a pie toda la parte del casco histórico. Las habitaciones muy tranquilas. Se trata de un parador muy frecuentado por visitantes internacionales, por lo que han adaptado los horarios a sus costumbres. No obstante, no se debería desdeñar el turismo nacional.
Estuvimos de paso, comiendo en el restaurante. Los platos bien preparados y más que aceptables. Ninguna queja. El personal, tal vez un pelín demasiado solícito, pero sin exagerar.
El edificio tiene una rehabilitación maravillosa y las habitaciones son muy espaciosas.
El punto negativo es el olor a cochinillo por todos los pasillos del patio en el que está el comedor y el eco del ruido de la vajilla por el mismo patio.
Por un lado, la estancia ha sido una grata experiencia. Una estupenda ubicación, un personal muy amable y magnífico que la piscina estuviera ya abierta con el calor de la semana. La cruz fue la cena. Es cierto que había habido una comunión, pero fue al mediodía. Pasaron 20 minutos desde que nos sentaron hasta que nos tomaron nota y otros 20 minutos hasta que llegó el primer plato. A los camareros no se les vio parar por lo que algo debió fallar en la organización. Finalmente, tuvimos que levantarnos y buscar a alguien para firmar la nota. La comunión podría ser una razón, pero al día siguiente estuvimos en el de Zafra y durante la comida, que coincidió con otra comunión, todo discurrió perfectamente, como siempre en los paradores.